
Supongamos que Israel se lanza al ataque (ni EE UU ni Irán están interesados en romper las hostilidades). El objetivo, tantas veces repetido, será destruir las instalaciones nucleares iraníes (especialmente las plantas de enriquecimiento de Natanz y Fordo, pero también las instalaciones donde se produce el hexafluoruro de uranio (a partir del yellow cake) de Isfahan y el reactor de agua pesada de Arak. Todo ello sin olvidarse de eliminar las defensas antiaéreas para facilitar las acciones de bombardeo.
Israel necesitará emplear durante un largo periodo al grueso de su aviación de combate
Dado que Irán se ha preocupado desde hace tiempo de dispersar sus instalaciones nucleares (en un país de 1,65 millones de kilómetros cuadrados) y de protegerlas con todas las medidas a su alcance (lo que hace a las más relevantes incluso capaces de soportar la explosión de las poderosas bombas GBU-28 israelíes), no será posible batirlas por completo con un solo golpe (aun utilizando unidades terrestres de operaciones especiales infiltradas en el país).
Dado que es impensable una invasión terrestre e Israel no tiene una flota de guerra de suficiente entidad, se supone que necesitará emplear durante un largo periodo al grueso de su aviación de combate (unos 125 cazas, mayoritariamente F-15 y F-16) —dejando al país en una delicada situación si hay represalias aéreas—, aprovechando preferentemente la noche y violando espacio aéreo árabe (sea a través de Jordania e Irak o, más probablemente, Arabia Saudí). Un simple cálculo sobre la autonomía de esos aparatos lleva a concluir que tendrán que repostar en vuelo para cubrir los alrededor de 3.500 kilómetros que deben recorrer hasta sus objetivos y regresar a sus bases. Para esas operaciones Israel solo cuenta con ocho aviones cisterna KC-707, lo que limita el volumen de cada una de las oleadas de ataque y cuestiona la intensidad de una campaña aérea que, previsiblemente, contaría las salidas por miles.
Teherán dispone de unas fuerzas armadas con unos 400.000 efectivos
Para hacer frente a un ataque de esas características, es cierto que Irán no ha logrado hacerse con los sistemas de defensa S-300 rusos (lo que vuelve a mostrar la ambigüedad de Moscú en esta crisis). Pero tiene, para empezar, elementos de disuasión tan bien engrasados como Hezbolá, en Líbano, o Hamás, en Gaza, a los que cabe añadir su notable influencia en Irak y Siria, pero también entre las comunidades chiíes de Bahréin, Yemen e incluso Arabia Saudí. Elementos, todos ellos que a buen seguro complican enormemente los cálculos a los responsables de seguridad de Tel Aviv (y de Washington).
Por si esto no sirviera para anular los planes bélicos de raíz, Teherán dispone de unas fuerzas armadas con unos 400.000 efectivos y un Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (pasdarán), que aporta otros 125.000 con mayor capacidad operativa que los primeros. Es cierto que, en el terreno estrictamente militar, lleva las de perder en una batalla aérea (contando con sus F-14, Mig-29 y hasta anticuados F-4, F-5 y Mirage F-1E) y que sus defensas no son seguramente impenetrables, pero nadie puede pensar que el ataque sea un paseo militar como el de la operación Protector Unificado contra la Libia de Gadafi. Además, Irán dispone de un variado arsenal misilístico —como los Shahab-3 y los Sajjil-2, que tienen a Israel en su radio de acción—, que pueden superar las barreras antimisiles israelíes (tanto la Iron Dome, como los misiles Arrow-3 y la todavía en desarrollo David’s Sling).
De todas maneras, a partir de ese hipotético primer golpe, nada consistente podemos apuntar sobre lo que vendría a continuación. De hecho, ni siquiera está claro que Irán fuera a responder en términos clásicos, lanzando sus misiles contra territorio israelí o atacando a los buques de guerra de la V Flota estadounidense que patrullan el Golfo (para lo que cuenta con una veintena de pequeños submarinos, pero también lanchas y patrulleras de muy diverso tipo, capaces de lanzar misiles, sembrar minas o incluso realizar ataques suicidas cargados de explosivos, sin olvidar las baterías artilleras móviles a lo largo de la costa). En primer lugar, dependerá del daño recibido; de tal modo que si éste es de escasa entidad, podría optar por acciones encubiertas y renunciar a una represalia en fuerza, para no alimentar una espiral bélica que se iría decantando en su contra si, sobre todo, Washington se implicara en fases posteriores. Con ello atendería a varios objetivos simultáneos: negar razones a Israel para seguir escalando en el campo militar, restar argumentos para que EE UU se viera obligado a apoyar militarmente a su principal aliado en la región, alimentar las divergencias en la comunidad internacional ante lo que muchos verían como una agresión injustificada…, y preservar su programa nuclear de nuevos ataques.
Si no funciona el primer ataque
Si el primer golpe israelí no desmantela buena parte del sistema nuclear iraní y Teherán elige no responder de inmediato (sin que eso signifique que haya sido derrotado), el panorama se complica sobremanera para el agresor. Por un lado, al colocar en muy mal lugar a regímenes como el jordano y el saudí, por haber dejado sobrevolar sus cielos a los cazas israelíes sin más que una farisaica protesta, tendría más problemas para usar nuevamente esas rutas. Además, difícilmente podría lanzar un segundo ataque, sin recibir la unánime condena internacional, ni implicar a Barack Obama (un candidato electoral que no desea verse empantanado en un nuevo frente bélico en Oriente Próximo).
Precisamente esa implicación estadounidense es una condición sine qua non para aspirar al éxito en la campaña, puesto que es el único que puede garantizar el reabastecimiento en vuelo, la densidad adecuada en las reiteradas de oleadas de ataque a tierra, la defensa antiaérea, el mando y control de las operaciones, las bombas de mayor potencia (como las GBU-31 o las Massive Ordnance Penetrator) y hasta el compromiso (forzado o voluntario) de otros gobiernos. Sin esa colaboración, el esfuerzo israelí corre el riesgo de dejar buena parte del programa nuclear iraní intacto y de sufrir consecuencias quizás insoportables.
Eso dejaría a Teherán con las manos libres para continuar con su empeño nuclear y para represaliar a su modo, empleando las bazas de retorsión antes mencionadas y variadas técnicas de guerra irregular. No necesitaría tampoco cerrar el estrecho de Ormuz —contando con su presencia militar desde 1992 en las pequeñas, pero estratégicas islas de Abu Musa, Tung as Sughra y Tunb al Kubra, ubicadas en las cercanías de su punto más estrecho—, una medida que aunque dañaría a todo el mundo (por la inmediata subida del precio de los hidrocarburos), también afectaría muy duramente a su principal fuente de ingresos.
Por si todo eso fuera poco para obligar a Israel a pensárselo dos veces, Teherán acaba de dar una nueva muestra de su dominio del juego. Ha logrado que la comunidad internacional —visibilizada en este caso en el Grupo 5+1 (los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania)— haya aceptado la oferta de volver a reabrir el proceso de negociaciones (bloqueado desde enero de 2011). Sin que esto signifique que Irán vaya a renunciar a nada, hay que entender que se trata de un movimiento que hace aún más problemático el ataque, por la sencilla razón que significaría reventar el esfuerzo diplomático mientras los interlocutores están sentados a la mesa. Irán estará interesado en mantenerse en dicha mesa, e incluso en mostrarse más flexible ante las demandas del Organismo para la Energía Atómica, al menos mientras se mantenga abierta la ventana de oportunidad que ahora vislumbra el Gobierno de Netanyahu por la parálisis estadounidense.
Racionalmente la guerra es hoy la peor de las opciones posibles. Irán no es, como vienen repitiendo voces muy significadas del establishment israelí, una amenaza existencial, aunque nunca podrá ser una buena noticia que llegue a dominar el uso militar de la energía nuclear. El ataque solitario de Israel no resolvería ningún problema y podría dar alas a un Irán más radical (una vez que prácticamente todo el poder vuelve a las manos de Ali Jamenei), en lugar de dar tiempo a que las sanciones y la negociación surtan el efecto deseado. En todo caso, la decisión de emprender una guerra no siempre obedece a parámetros racionales.
Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).














"Pedid por la paz de Jerusalém;
Sean prosperados los que te aman.
Sea la paz dentro de tus muros,
Y el descanso dentro de tus palacios.
Por amor de mis hermanos y mis compañeros
Diré yo: La paz sea contigo.
Por amor a la casa del Señor nuestro Dios
Buscaré tu bien."



Cuando Jesús murió en esa cruz, fue alli donde nosotros nacimos.
Debemos tomar conocimiento acerca de ese gran sacrificio que el Hijo del Hombre ha hecho por cada uno de nosotros, tantos tormentos, castigos...solo por nosotros, por el gran amor que El nos tiene.
Jesús siendo Dios podía decir basta a esto, no lo quiero, y sin embargo obedeció al Padre para que se cumpliera el Sacrificio del Cordero; solo asi con su SANTA SANGRE pudieron lavarse nuestros pecado y asi fueron abiertos los Cielos para poder estar en los lugares Santos junto a El....pues cada uno de nosotros tenemos un lugar alli, junto a El y al Padre.
Como no darle gracias por tanto amor!!! El te pensó y te amó antes de la creación, dice la Palabra; ya te tenía pensado desde antes de la creación.
Que maravilloso es este Dios Vivo que tenemos.... Debemos agradecerle siempre a Jesús, con obediencia, en humillación, reconociendo que de El es toda la Gloria, es todo el Honor , toda la Honra...solo para El; que no quede en vano tanto dolor, castigos, humillación, tanta Sangre derramada solo por ti; piensa cada minuto de cada día, todo lo que Jesús pasó lo hizo por ti. Deja que solo una gota de su Sangre te toque hoy....





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